LA IMPORTANCIA DEL APOYO EMOCIONAL


A lo largo de los seis años que dura la educación primaria, el niño disléxico suele darse cuenta de que su ritmo de aprendizaje no es como el de sus compañeros, aunque no sepa qué le pasa, descubre que es incapaz de integrar la información escrita de la misma forma que los otros y que eso provoca que sus profesores le valoren negativamente.
Es aquí donde la ilusión por aprender se desvanece y empieza a surgir un malestar emocional que muchísimas veces pasa desapercibido y que si no se frena puede llegar a ser aún más grave que el problema disléxico en sí. 
Y es aquí donde los padres hemos de estar al tanto y actuar.
Las etiquetas de “inmaduro”, “poco motivado” “cortito” “incapaz” o “vago” cuelgan de todos los niños que padecen dislexia. Muchas veces nosotros mismos hemos sido quienes se las hemos colgado. Es comprensible en el momento en que no sabemos qué les pasa, pero inadmisible una vez descubrimos su trastorno. 

¿Castigarías a un ciego por que no ve las letras de un libro? ¿O le buscarías copias en Braille? 
Una disyuntiva absurda, ¿Verdad? 
Pues muchas veces a los niños disléxicos se les castiga por serlo... Y si su dificultad ocasiona además una actitud punitiva, o de distanciamiento emocional por el entorno escolar y familiar, su autoestima se irá hundiendo cada vez más.

Lo primero que hay que hacer es informarles de qué les está pasando, ya que si no saben qué tienen, cuando piensan en si mismos se consideran “tontos”, o incapaces de hacer cosas que ara otro son “chupadas”, tiemblan ante determinados profesores, intuyen que les pasa algo a lo que no saben dar explicación ni nombre, algo que los hace diferentes y “menos” que otros. Corren el peligro de ser invadidos por la tristeza y la apatía.
El papel de los padres es por eso de vital importancia. De nosotros depende su apoyo emocional, el concepto que se forman de si mismos y su seguridad. 

Que no se vean como “Pierre No-Doy-Una” sino como auténticos “David” capaces de desarrollar habilidades innovadoras y enfrentarse a Goliath heróicamente

Lo difícil para nosotros (padres) es actuar con amor, poniendo el interés del niño por encima de nuestro narcisismo, cuidando de él pero sin sobreprotegerle, marcando límites justos, valorando su esfuerzo, inviertiendo a largo plazo...
¿Difícil? ¡Mucho! Pero nadie ha dicho nunca que educar sea sencillo.

Lo que está claro, lo que es de sentido común, es que no podemos cargar a nuestros hijos con la tensión añadida de sacar una buena nota para merecer nuestra aprobación, ni castigarle por una dificultad con la que está luchando. 
La idea básica que nuestras palabras, nuestra conducta y nuestros propios sentimientos les deben transmitir es: “Nosotros te vamos a ayudar siempre y no te castigaremos si sacas malas notas, porque valoramos tu esfuerzo…”.
Paralelamente debemos exigir dicho esfuerzo. No tiránicamente, sino haciéndoles ver que las cosas no vienen a tus manos por sí mismas sino que hay que estirarse y conseguirlas.

Y no es tarea fácil. Y no nos la enseña nadie. Y en este teatro que es el mundo, jamás habíamos imaginado que nos tocaría interpretar ese papel... 
Sin embargo es vital. 
Si nuestros hijos no encuentran en casa un clima de comprensión, de apoyo y de cariño, los pilares sobre los que se asienta su idea de si mismo tiemblan, su mundo se hunde, su idea de sí mismos se deteriora hasta llevarles a la depresión, a la indiferencia hacia todo y a un sinfín de problemas emocionales capaces de arruinar su vida. 

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